lunes 13 de febrero de 2012

LA LOBA


No estoy aquí alojada/
No existe la ilusión de que el delicioso suelo lustrado que planea debajo de mis pies, que mira el dibujo de mi falda, que me socorre la necesidad de sentirme Coco Chanel en el Ritz, vaya a despedirme mañana por la mañana como a cualquier otra que dejó escamas de piel en esta cama/
No soy una más, balbucean los ojos clara de huevo de las ventanas de enfrente, exhaustas de día, con voz prestada de un fumador, de un Tom Waits, negras de tóner y gris oficina/
No eres la viajera, me confirman las ramificaciones del nervio ocular de la ciudad: el olmo centenario que golpea mis cristales, resignado ante la venganza de quien lo designó perenne/
Envidian sus siglos el calor de esta habitación, el abandono de la necesidad de esperar, la firmeza sin necesidad de raíces/
Me mira sin retarme, hastiado de los husos horarios, la perfección de la noche que sigue al día/
También yo una vez me cansé de ser recorrida y de no ser contada por años, sino por millas/
Ya no/
No me iré mañana a las doce, tras el desayuno buffet que me traiga la camarera/
Permaneceré aquí por derecho propio, porque no hay más renta antigua que diez años de diarios de sangre/
Permaneceré aquí porque alguien me ha llamado por mi nombre desde el fondo de esta casa, pidiéndome que lo arrope/
Nada me aloja, yo reino en este territorio.

miércoles 8 de febrero de 2012

RECITAL- PRESENTACIÓN DE "EL PARTELUZ" EN FNAC CASTELLANA-MADRID. 9 DE FEBRERO DE 2012



Mañana jueves, día 9 de febrero, a las 19.00 horas, presentaré y recitaré versos de El Parteluzen Fnac Castellana-Madrid.
Será un encuentro íntimo, donde conversaré con la poeta y editora de la colección de Poesía Proyecto Alumbre, Carmen Moreno, desglosando la gestación de este poemario nacido en Cádiz. Versos sobre las leyendas y las guerras, las ciudades que habito y que me recorrieron, la agonía lorquiana y los cantares al amor bueno.
Si en algún lugar está el quicio de mi espíritu es, sin duda, en la entrada de este libro, en su preludium, en un 18 de agosto donde Lorca me visitó, desnudo y aterrado. Él me dijo: "haz" y... ¿Qué otra cosa cabe hacer ante la urgencia de un espíritu grande?

[Aquí, desde el alféizar de una ventana

en Baelo Claudia,

te muestro, lector mío, a estas criaturas deshuesadas,

a las que expulso de la memoria para que la luz las dignifique.

Ya que la muerte es un servicio más de la vida,

las desvisto de su azul cianótico,

las recubro de lino y matalahúva, les maquillo sus accidentes carnales

y les arranco el pecho derecho.

Así, como espléndidas amazonas, vuelven a la batalla más dulce:

la de los versos, la del pergamino,

la más secreta de todas las cruzadas...]



Este zaguán donde guardar reliquias antiguas no hubiera sido posible sin el cuidado y los mimos de Carmen Moreno, Miguel Ángel Árguez y José Luis Romero. Y la deliciosa portada y el interior sin la genialidad absoluta del diseñador gaditano Raúl Gómez. Él vio a través de mis ojos.
Gracias también a Marina Sanmartín Pla, encargada de Comunicación de Fnac Castellana, sin la cual este acto no tendría un color rojo y cálido.

Portada del libroy fotografías: Gentileza de Raúl Gómez Estudio. www.raulgomez.es

UN POEMARIO POR GADITANÍAS




No hubiese creído todo lo que sucedió en aquellos días del mayo gaditano. Alumbran mi cabeza, todavía, un laberinto de caballo blanco, casas arracimadas que guardan sabios en su interior, un borracho filósofo que despieza la "teoría de las élites" a pie de una alcoba de hotel con olor a san Felipe Neri. Había una luz amarillo Nápoles que guardaba la ciudad como un parasol; se sucedían largas tardes de coches de caballos (era por mayo...)y las buganvillas habían inundado mi boca (guardo en mis entrañas sus esquejes), comprando todo desaliento y vendiéndolo en la Plaza las Flores. El pasado no era ya "la farsa monea", sino un retazo melancólico, un hilo pegado a la falda (de tanto tejer, de tanto doblegarse frente a la Singer vital), algo inevitable que me había llevado hasta el Falla, hasta Plaza Mina, hasta una librería donde Quintero me hablaba de la otra tierra (la califal), penetrada por su sapiencia hasta las entrañas. Gadir era un coro lunático y febril y en los amaneceres (tres, fueron tres) mis dedos aparecían teñidos del tinto del vino, de vísceras de pescados de nombres impronunciables, de grandes letras constitucionales que hablaban de cómo hay que vivir. Tengo todavía los brazos marcados por aquéllas formas góticas, donde recuerdan la excelencia del uno: el número más perfecto, el que marca la extensión de la vida frente al obsceno infinito de la muerte. Dice la Pepa de 1812 (susurrada por los convetillos de Puerta Tierra): "Puesto que una es la existencia, múltiples deben ser los días y sus quehaceres". Adobados con mantillo, con la carcajada negra y la bandera blanca del "aquí paz y después gloria". Cádiz es la máscara -ahora- de febrero, la picaresca de la dama que se sabe amada y se deja, se deja querer porque conquista pidiendo guerra: al gabacho o a la mujer que volverá a caer rendida a sus pies al mayo siguiente.

Fotografías: Gentileza de Raúl Gómez, diseñador de Proyecto Alumbre (Poesía y Narrativa) de la Diputación de Cádiz. www.raulgomez.es

jueves 29 de diciembre de 2011

IN THE HOUSE OF THE RISING SUN



AGOSTO (Condado de Osage) de Tracy Letts
Versión de Luis García Montero
Dirección: Gerardo Vera
Reparto: Amparo Baró, Carmen Machi, Alicia Borrachero, Clara Sanchís, Irene Escolar, Sonsoles Benedicto, Marina Seresesky, Miguel Palenzuela, Abel Vitón, Antonio Gil, Markos Marín, Gabriel Garbisu, Chema Ruiz.
Teatro Valle-Inclán (Centro Dramático Nacional)
Del 7 de diciembre al 19 de febrero de 2012)


Oh mother, tell your children
Not to do what I have done.
Spend your lives in sin and misery
In the house of the rising sun.
(En la voz de Nina Simone)


Supongo que los veranos son largos y tediosos en Oklahoma. Aunque Nina Simone suene de fondo y se quiera confundir el día con la noche mediante plásticos en las ventanas. Dentro de la vieja casa de estilo georgiano, el sudor tiene olor a whisky añejo, pongamos un Four Roses, y los dientes amarillean por el Camel Light. Nadie sabe todavía que mata. O tal vez sí.

También amarillean los seres que agonizan entre esos muros. Desconocen que viven entre tabiques de una madera especial y eterna. Madera sureña, caníbal de los seres que la pueblan. Ni ellos mismos podrían quemar la gran mansión: esa madera ardería más lentamente que si las paredes fueran de acero. Polvo, libros y mujeres que se devoran las unas a las otras, con más deseo aún que si no fueran parientes: tienen motivos para descarnar cada uno de los huesos. Sus estados mentales –como dice Ivy (Alicia Borrachero)- son los de las llanuras que las rodean, los enormes páramos que circundan Osage County. Como en una obra de McCarthy, los monstruos asedian cada habitación –sus particulares carreteras-, juez Holden y frontera mejicana incluidos.
El autor de la obra, el estadounidense Tracy Letts (¿cuánto no habrá leído a Faulkner?, juega desde el principio con esa figura del prefecto, del administrador del legado de los antepasados… ¿Quién domina y manda en esta casa? ¿El patriarca Beverly (Miguel Palenzuela), el más sabio, el que toma el camino de la huida de la mano de T.S. Eliot y el alcohol? ¿Violet Weston (Amparo Baró), que supura drogas mientras sus propios dientes roen el cáncer, emulando a la Blanche DuBois de Tennessee Williams? ¿La primogénita, Barbara (Carmen Machi), que halló, aparentemente, su particular Ítaca en Colorado, la profesora, la esposa atormentada del impecable Bill (Antonio Gil), la madre de la culta y brillante Lolita Jean (Irene Escolar)?

En este Agosto, son las mujeres las que juegan sus bazas, las que barruntan su futuro lejos de esa casa y esos padres que las reclaman como los paños calientes de su vejez en un quid pro quo con tintes de chantaje. Son las tres hermanas Weston, Barbara, Ivy y Karen (Clara Sanchís) las que tendrán que apostar por su propio destino frente a los perversos juegos de la madre-tótem, que todo lo sabe, matriz que las expulsó para luego volver a ahogarlas en sus tres cordones umbilicales, bien guardados como tortuga de camafeo que respira debajo del esternón, emulando a los indios cheyenne.

En sus actitudes vitales, el espectador puede retratarse en cada una de las hermanas Weston ya que Letts dibuja con exacta precisión las tres posibles respuestas que cada uno daríamos ante la presencia de una casa y una matriarca que guarda demasiadas fotografías de nuestro propio pasado entre los paneles de estampado Liberty. Brillante papel el interpretado por Alicia Borrachero, dando cuerpo a la dulce Ivy, la chica que permaneció al lado de los padres, que renunció al amor de pareja y optó por la soga materna, mujer sabia respecto a lo que siente y desea y a la que el futuro sólo la espera en el hall de los reveses. Hay varias formas de obviar los asuntos más cicateros de la existencia. Una de ellas es la de refugiarse en el mundo de la fantasía, poniéndose la venda sobre los ojos ya ciegos, como hace la benjamina Karen, que busca a su príncipe azul en la paradisíaca Miami, donde el mundo es mucho más apetecible, pero igual de mezquino que el que respira bajo las viejas alfombras Dalton. Y entre Ivy y Karen, una tremenda Carmen Machi, interpretando a la delecta Barbara. Cuando la Machi actúa en un drama, aflora la gran actriz que es. Desaparece de la memoria del espectador la Helena de Juicio a una zorra o la Doña Rauda de Falstaff y surge una intérprete que parece embestir los mismos cimientos de esa magnífica escenografía de Pascualín&Baeza&Simcid. Impactante y durísimo el duelo que mantiene con Amparo Baró (cuyo recuerdo de todo personaje televisivo va desapareciendo desde la segunda escena y van agrandándose los recuerdos de sus personajes en aquel Estudio 1 de TVE), retratando la confrontación verdadera de la obra: la de una generación de mujeres que se ha creído libre, progresista y avanzada, frente a las protagonistas de The Greatest Generation (en términos de Brokaw), aquélla que sobrevivió a la guerra o que pasó las hambrunas tan bien retratadas por Dorothea Lange. Las grandes damas sureñas, aparentemente reprimidas, superaron satisfactoriamente aquellos trances. Y ahora se alzan como boas sobre maridos e hijas. Para una superviviente como Violet Weston una discusión marital, una adicción o un cáncer son sólo obstáculos menores en su carrera por dominar esta particular Tara. Frente a ella, la enérgica, soberbia y dura hija mayor no tiene armas que esgrimir. Barbara tan sólo acarrea banales problemas como un marido infiel y aficionado a las jovencitas o una hija rebelde que se sabe seductora e inteligente. Minucias frente a los martillazos que la vida perpetró contra su madre y que la matriarca atesoró para luego utilizarlos como artillería pesada contra todos los que la rodean. Pero también, como todo ser humano, la gran Violet Weston guarda un miedo atroz a algo. También se esconde la oscuridad al fondo del despotismo. Un miedo con el que el autor da una genial vuelta de tuerca a la obra, convirtiéndola en un cuento perfecto que sigue al pie de la letra aquello que decía Piglia de que “un relato debe hacer aparecer algo que estaba oculto”. En este caso, en el mismo corazón de la poderosa dueña de la casa Weston, pueblo de Pawhuska, condado de Osage.

Tal vez, hasta ahora, la dramaturgia haya querido diseccionar a los padres del siglo XX y su contexto vital: ése en el que tuvieron que desligarse de su propio machismo y celebrar el nacimiento de los derechos femeninos. Numerosas obras retratan su confusión ante el grito feminista; una confusión que abarca desde la aceptación segura y confiada hasta el odio, manifestado en la violencia física y verbal. Sin embargo, parece que es la hora de las madres, alejadas del estereotipo de la figura dulce y protectora. Al igual que Lucía Vilanova las ponía en solfa en su reciente Münchhausen (dirigido por Salva Bolta para el Centro Dramático Nacional), Vera ha acertado al elegir este Letts para cuestionarlas: es la hora del psicoanálisis para las madres de la Gran Generación.

lunes 26 de diciembre de 2011

VEHEMENCIA Y ENTRAÑAS



Nada podría retratar mejor las entrañas de Garum que las dos palabras que utiliza el catedrático de Teoría de la Literatura de la Universidad de Murcia y Patrono de la Fundación Cultural Miguel Hernández, Francisco Javier Díez de Revenga, para enmarcar este artículo en La Opinión de Murcia: La vehemencia visceral.
Con pasión por separar lo imprescindible de la vida (el Hallec), de lo accesorio (el Liquamen), todos los versos de este libro se dirigen hacia los mismos rostros: los que formaron parte de esta salsa vital formada por mujeres que nacen en Nigeria, Alabama, Córdoba, Venecia o Madrid. Desde estas páginas aviso a sus memorias, las intento dignificar y airearlar para que no enmudezcan. Una obra de restauración en la que adivinar el primitivo dibujo del pintor. Nada fácil tratándose de silencios y de caras que se agrupan en el collage de esta especie de Arcimboldo.

AVISTAMIENTOS EN TIPOS INFAMES


Un orgullo ver a Garum en la librería Tipos Infames de Madrid.
Una deliciosa vinoteca mezclada con librería donde se encuentran todas las novedades editoriales del momento...
En la mesa principal encuentro la imprescindible tetralogía del 2011:Mapa y territorio de Houllebecq; Libertad, de Jonathan Frazen; La broma infinita de Foster Wallace; Submundo de Don De Lillo..Y en la parte de novela policíaca, Niebla Roja, Premio RBA de Novela Negra. Un thriller en el que mi forense favorita, Kay Scarpetta, vuelve al sur profundo de EEUU en medio de un mar de trampas escondidas en la ciudad de Savannah. Lo reencuentro aquí, tras haberlo devorado con pasión, y verlo en la estantería de enfrente de Garum me hace secretamente feliz: salsa protegida por el FBI. Nada más y nada menos...

Tipos Infames (www.tiposinfames.com)
C/ San Joaquín, 3. (Malasaña). Metro Tribunal (Línea 1)

viernes 16 de diciembre de 2011

PRESENTACIÓN DE "GARUM" EN LA CENTRAL DEL MUSEO REINA SOFÍA. 15 DE DICIEMBRE DE 2011.


En lo personal, a todos los que tengo que agradecer la complicidad a la hora de escribir Garum, aparecen en la dedicatoria del libro. Ahí, queda el amor.
Siempre recordar a esos dos viejos amantes, bonitos, buenos, sabios, dulces, que son mis padres y que me han brindado la Libertad en este año 2011.


Ayer, fue presentado en Madrid Garum, en un acto celebrado en la Librería La Central del Museo Reina Sofía. Siento que este libro vislumbra su futuro en el 2012, año en el que quiero abrirlo al aire, para abanicar a todas las mujeres que lleva dentro. Y para dejar que algunos deseos privados también sean enmarcados o recordados, porque, gracias a la bonanza de este 2011, esos deseos se han convertido en hechos. Yo escribí un poema hace dos años, un relato que forma parte de este garo, y que titulé Qué mujer difícil eres, Libertad, inspirada en esa Marianne, desnuda, altiva y poderosa del cuadro de Delacroix. Ese poema, esa ansia de hablar el árabe, de gozar las pequeñas cosas, los pequeños momentos a solas con Banville o con Camilleri, las veladas llenas de silencios, velas y libros, se han sucedido, se han hecho realidad. Ahora, la Libertad sí frota mi cuerpo con Dove y ella y yo nos entrelazamos. Siempre con más ganas de ella, que nunca es suficiente. Habito y soy habitada. En gran parte por las damas del Garum, esta mujer ha aprendido que la única cárcel, la del ceño, debe deconstruirse con lanzas, con cervatanas, pero nunca a paso de hunos.
Gracias a todas las caras amigas que vi allí. Gracias a mis dos acompañantes de lujo: el maestro de periodistas Jesús Ruiz Mantilla (que me brinda conversaciones epifánicas en el Cafá Comercial) y la profesora de escritores Gloria Fernández Rozas (tanto le debo a esos brazos que me acogieron al llegar a Madrid).
Como siempre, estuvo presente la Fundación Cultural Miguel Hernández, el motor de esta presentación, los que han hecho posibles que ya forme parte de la hermandad hernandiana.

viernes 9 de diciembre de 2011

ACTO DE ENTREGA DE LOS PREMIOS LITERARIOS "FUNDACIÓN CULTURAL MIGUEL HERNÁNDEZ" 2011. DIARIO DE A BORDO




2 de noviembre de 2011, madrugada
Hotel Palacio Tudemir de Orihuela (antigua Biblioteca Municipal)


Casino Orcelitano.
Hay a la entrada un patio andaluz, aire al recuerdo de un Lorca feliz, riflessivo, in atessa. Sillas azul Chaouen y azulejos de Menzaque. Miguel amaba lo andalusí, de la misma forma que sublimaba al de Fuente Vaqueros. Los dos destinos asesinados, descansando en el mismo recinto, quizá hablando en los sillones mullidos, rojos, rojos Fabergé. Tal vez, sus espectros se hayan cansado de epístolas o rivalidades de salón y entre estos muros fuertes, que prometen cobijo, campanadas de reloj de pared y secretismos, puedan respirar algo así como un maná extraño y reposado. Detesto hablar de los del 27 en pasado, utilizar el “eran”, cuando miro “las postalicas” lorquianas en una biblioteca de 2011o revisito el vientre de Josefina en un tren que siega espigas, rápido, violador de la luz. “Son”, “están”. Porque sin ellos, tampoco hubiera existido mi yo en el Casino Orcelitano, un yo de niña asombrada, pasos callados en el Salón Imperial.
Esta ciudad se presta a las locuras...viajar con una mecedora, invirtiendo los términos, para colocarla hacia el cielo y contemplar cada detalle de las cúpulas, bóvedas y alturas oriolanas: catedral, Tudemir, Casino. Otro tour por Oleza: el de sus cumbres, empezando por las blancas de la casa de Hernández, ésas en las que nadie observa más que el paso del tiempo, alturas en las que sólo creen los ateos ver cal y más cal, mientras los creyentes adivinamos versículos enteros, casi aullidos de Ginsberg,cascadas de Carver. O un Millet o una Noche de ronda flamenca. Incluso una araña que corre, desafía y te hila, Bourgeois en la cuarta dimensión.

Toda esa atmósfera sobre nosotros –el poeta y actor Álvaro Tato, el periodista Pedro Antonio Curto y yo enredada por mis espíritus-, como si veláramos armas por vez primera, antigua ceremonia medieval, recuerdos de Aquitania, memorias de Anna Ajmátova volando (mis versos no se prestan a siete ni veintinueve sentidos. Claro que no, Anna, lo escrito, escrito está). Viejas damas amadrinaban a esta mujer -como casi siempre- desconcertada. Las sibilas de la campiña saben de mí, me empujaron a escribirlas y están aquí. Las mujeres a las que protegen telarañas cerebrales y festejan los años 20 salen al escenario de la mano de Auralaria y me miran. Luisa traza un círculo. Me otea la mujer roja ymediterránea y sé que ese dedo me señala, índice volcánico, sublimando dolores, expiaciones y silencios. Las cariátides pasaban las noches con los ojos abiertos, gritando, sufriendo por la sangre, mordiéndose las venas por un real, por el marido brusco que nunca otorga, por el hijo que amarillea. En el escenario aparecen ellas, llevadas por la música de Eva García Lorca y la voz tremenda de Luisa Pastor. Veo pasar a Catalina, a Isabel, a Francisca, a Ana, a Graciela, a Antonia, a Pura, a Marina. Quienes saben de la memoria perdida han puesto rostro a estas damas y veo sus caritas surcadas de barbechos, de zanjas, de noches en vela y pareciera que Auralaria me dictó el pensamiento y la acción de la pluma.

Tengo un busto de Miguel en mis brazos, una réplica perfecta de ese famoso dibujo de Buero Vallejo. Lo acaricio, lo meto dentro del abrigo, para que naranjee, protegiéndolo como a un niño, con su dibujo de higuera, con su barro, con sus ojos abiertos y lúcidos, lejos de esos otros indefinidos y asustados que pintó el escultor Torregrosa, ojos repetidos hasta el infinito cuando uno los contempla por primera vez. Mira Miguel el mundo, el nuevo verso, mira los retrovisores, mira los trabajos de los que viajaron, que olvidaban la carretera a golpe de pluma, como hacías tú. Caminante “Gira”, de otro poeta mitómano, madrileño, hiperionista, que juega a vivir el mundo en la intemperie, que lucha contra el tiempo también desde la juventud, que teme a los días, a lo errabundo, que sueña América desde los cementerios de las compañías aéreas y describe los vacíos de las horas como si viviera en ellos y rasgara sus paredes. Mira, Miguel, esos pasos, esa música, esa voz que habla de las ciudades perdidas, las nunca visitadas desde el tren, donde se dejan un trozo de alma los artistas, los viajeros. Tantas que te recorrieron, tantas que te olvidaron. Ahora, abandona tu “Gira” y reposa aquí, en mi seno.

Yo quiero, Miguel Hernández, que lo tuyo pueda volver a esta calle de Arriba, cerquita de donde te soñaste poeta y libre. Orihuela, en palabras de su alcalde, Monserrate Guillén, reclama para sí lo que le es de ley. Tu legado, tu mundo, descansando al lado de donde yaces, qué mayor justicia que ésa. ¿Qué puede hacer el hombre por el mundo si no está apegado a sus raíces, si se desliga de ellas como un malnacido? ¿De qué valen éxitos o amores sin un hogar al que volver, sin recordar una tierra que le haya amamantado, desde la que proyectarse, sin un dialecto en el que reconocerse, sin unas primeras paredes a las que extrañar, inseparables de cualquier infancia? ¿Qué mejor que ser devuelto al fin a tu casa, mientras tus versos siguen recorriendo caminos?

Las cosas que más deseamos depende tantas veces de los extraños… Dejemos que “te vuelvan” aquí. Yo, hoy, te he hecho mío en este primer sitio de la Elegía al toro, en la extrañeza de que los chapines anden por encima de tus pasos, que la mano descanse sobre la mesa de la biblioteca del Casino, que huele a sabios y guerreros...convertirse en madera y quedarse aquí, pensé, quedarse en un momento feliz, eternamente, como en su momento me hubiera hecho mármol de pozo veneciano, piedra de garita en Alameda gaditana, jirón de niebla en el Pisuerga, brezo goteante en Gentoftesø.

Este noviembre y sus comienzos han sido tan míos, carpe noctem con olores antiguos, rostros agostados que ahora se pixelan, brillando las epidermis bajo las farolas en la madrugá de un otoño mediterráneo. Este noviembre, como tantos noviembres, lo escribí yo, lo hice Calendas romanas, desterré las Graecas, volví a un lugar al que había pertenecido sin saberlo, me hice de Oleza y la mecí en su Casino. Allí nació Garum, allí lo vi por vez primera. El primer totum revolutum se convirtió en el aderezo de las mujeres que lo componen, el álbum privado de Florence Twompson, de las manijeras cordobesas, de la Marianne y Caronte, de las esclavas recolectoras de Alabama, de la Beatrice divina y, claro, de mí misma, abierta y expuesta desde un azahar antaño agriado.

Esas mujeres y sus historias no hubieran visto la luz sin la Fundación Cultural Miguel Hernández, sin este acto íntimo y exquisito, sin la dulzura de Auralaria, sin la nobleza de Orihuela. Este momento barroco-brocado, oro viejo, no hubiera tenido lugar sin el trabajo constante y la pasión hernandiana de Aitor Larrabide, sin la dirección de Juan José Sánchez Balaguer o el cuidado de los patronos.

Durante todo este día me ha acompañado el recuerdo de un cuadro de Joan Miró: La casa de la palmera. Si tuviera que retratar todo lo vivido o qué me en qué imagen habitaban las damas de Garum, me quedaría con este cuadro de 1918. Esta noche he buscado dónde se encuentra... En en el Museo Reina Sofía...en cuya librería el día 15 presentaré el poemario. Nunca he creído en las coincidencias. Nunca enlas casualidades. Y menos aún cuando al dejar un marcador de libros con La casa de la palmera impresa, los ojos de Miguel Hernández miraban la habitación-Tudemir en la que ambos (ya) descansábamos. Créanme que los ojos de barro eran casi humanos, felices.

Mi agradecimiento:
A la Fundación Cultural Miguel Hernández, a su director D. Juan José Sánchez Balaguer y a sus patronos. Por su buen hacer.
A D. Aitor L. Larrabide, asesor de la fundación, coordinador del acto y especialista en Miguel Hernández. Por su sabiduría y su apoyo constante.
Al grupo Auralaria, Luisa Pastor y Álvaro Giménez, por su deliciosa representación de Cariátides, por su ternura, su cercanía y su amistad en la distancia.

Fotografía: © Grupo Auralaria. www.auralaria.blogspot.com
Primera fotografía. Entrega del Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández por parte de Dª Marta Alonso, directora general de Patrimonio Cultural de la Generalitat Valenciana.
Díptico: Fundación Cultural Miguel Hernández. Orihuela. www.miguelhernandezvirtual.es
Segunda fotografía. De izquierda a derecha: Álvaro Tato, Luisa Pastor, Álvaro Gimenez, Pedro Antonio Curto, Carmen Garrido, Dámaris Navarro.

sábado 26 de noviembre de 2011

ENTRE LOS MÁRGENES DE ORIHUELA




Orihuela, 3 de noviembre de 2011

He tenido durante dos semanas a Miguel Hernández entre mis manos. Sus versos y su vida.

Quería llegar a su casa –por primera vez- como alguien conocido, alguien a quien él pudiera dar la bienvenida en su calle de Arriba, alguien a quien le revelara qué versos, qué amores le azotaban el sueño mientras dormía en la blanda cama, al lado de su hermano Vicente.

He envidiado tanto la época en que vivió. Quizá por eso vuelvo siempre a la poesía de esos años, so pena de estancar el gusto y la evolución. Ciénaga gustosa, en todo caso.
Esa España de letras efervescentes, la de Caballo Verde para la Poesía, Mediodía, Litoral, La Gaceta Literaria, Revista de Occidente, Gallo, Carmen. La que descorazonaba a Ortega y se encendía con las faenas de Sánchez Mejías. La de Espadas como labios de su maestro y protector Aleixandre, la de la Mariana Pineda de Federico. La España del 27 y del surrealismo de Poeta en Nueva York y Oscuro dominio .La que rescató y rindió homenaje a La Fábula de Polifemo y Galatea. La de las tertulias de Morla Lynch o de la madrileña Cervecería de Correos en torno a la cual pululaban Cernuda, Prados, León Felipe, Arconada, González Tuñón, Halffter, Gerardo Diego, todos ellos comandados por el verbo infinito de García Lorca.
Aquel Madrid de mujeres progresistas, artistas y científicas que demandaban un lugar en la sociedad. Algunas, admiradas por Hernández; otras, amadas. María Zambrano, Maruja Mallo, Delia del Carril, Carmen Pastrana. Mujeres como la Campoamor o la insigne Victoria Kent. Un Madrid en el que Hernández puso tantas ilusiones y que le mostró su cara amarga, la que rechaza al forastero. La capital del orbe conocido, ésa que imaginamos los que venimos de pueblos como un laberinto de mil calles, ciudad insomne en la que perdernos los sonámbulos y reconocernos entre los de nuestra especie. Me reconozco en ese Miguel recién llegado de Orihuela, tal y como yo llegué a Atocha un día de octubre de hace seis años. La misma incertidumbre, supongo, la misma sensación inmensa de libertad, las mismas ganas de pintar versos en la Cuesta de Moyano, en la plaza de santa Ana, en el hall del María Guerrero.

Miguel dejaba atrás a sus amigos de la Tahona de Carlos Fenoll, dejaba a Ramón Sijé abriéndose a los paseos por la calle de Segovia, tras el trabajo en la Enciclopedia de Cossío, a las cuasi estepas de Vallecas, al acabar la noche en la nerudiana Casa de Las Flores. Un Madrid que enfatizó aún más su solidaridad obrera, de clase, gracias en parte a las conversaciones mantenidas con el poeta argentino González Tuñón. Entre sus idas y vueltas de Alicante a la capital, Miguel se transformará en el revolucionario, en el poeta de El viento del pueblo, en el defensor de los desclasados durante la guerra.

Aquella España. La de la Universidad Popular de Cartagena de Carmen Conde, la que se convertía en verso en la imprenta de los Altolaguirre, Chamberí alto, tan cerca. La España que acabó –para mí- un 18 ó 19 de agosto con el asesinato estúpido y brutal de García Lorca, que tanto conmocionaría al oriolano y que encendería el comienzo de lo inevitable: la acción del poeta puesta al servicio de las ideas y los principios, el camino hacia el frente, el despertar de la mecha que acabaría con su muerte y con la infamia de aquellos paseos penitenciarios, en los que recorrió media geografía española –Torrijos, Madrid, Palencia, Ocaña, Orihuela, Alicante- hacinado en los trenes donde los presos morían de frío o de hambre. Sumario 21.001. Condenas a muerte, qué cerca vio Miguel a la Pepa. Cuántas veces, mientras en Orihuela la casa familiar se caía poco a poco con una Josefina Manresa exhausta psicológicamente y un hijo, Manolillo, que contemplaba cómo se iba muriendo su padre en la enfermería del Reformatorio de Alicante.

Qué terrible eso de ser confiado y creer que los de tu tierra te serán fieles, comprenderán tus versos, tu forma de vivir, tus valores. Miguel repitió el camino de Federico. Confió en su vuelta a Orihuela, como Lorca hizo con Granada. Ambos protagonizaron las misma pieza de elegía: la delación y el envío a la muerte.

Siempre creí que Miguel Hernández había muerto de tuberculosis. No fue así. El final fue cruento, aún más, cuando en su claridad, el poeta se daba cuenta de que nada se podía hacer por su vida, de que la muerte se le acercaba recién llegando la primavera. Tifus intestinal complicado con una tuberculosis pulmonar aguda. Causa: la humedad, el frío, el hambre, el hacinamiento. Al preso Miguel Hernández le sajaban el pulmón infectado y por él vertía un chorro continuo de pus, que secaba con el papel higiénico que su esposa le traía.

Qué tan lejos esa última imagen de la casa blanquísima de sus padres, del olor a horno de la cocina, de la claridad mediterránea que ilumina el patio, donde Miguel escribía, donde leía las obras que sacaba de la Biblioteca Municipal, la que ahora contemplo desde mi balcón. Cuántas veces no habrá cruzado Hernández esta plaza silenciosa, blanca, que guarda las horas de la catedral, y los pasos de aquel muchacho que recitaba de memoria las obras de Juan Ramón Jiménez.

Qué extraño entrar en el mundo de un Miguel que anhela aprender: joven, inquieto, blanco, orgulloso y con ansias de triunfar, cuyo cuerpo parece haberse cobijado entre las paredes de esta casa, al lado de las albarcas y la vieja plancha de hierro. Qué extrañas estas bungavillas, estos jazmines, las higueras, las sábanas casi abiertas para el visitante, la jofaina, el espejo… Qué extraño sabiendo todo lo que le quedaba por delante que malvivir, todo lo que le quedó por escribir, toda esa eternidad que le quitaron. Pero también aquí, en esta casa,hay atisbos de esa Edad Dorada, de esos años 20 y 30, un tiempo en el que el oriolano se zambulliría de pleno, el tiempo de un Madrid irrepetible o, quizá, mitificado de tan soñado y tan leído.

No recordé nada de lo funesto de su vida mientras estuve en Orihuela. Quizá por la ciudad misma, por sus gentes. Una ciudad tan alejada de lo oscuro, de lo tétrico, abierta, dulce, amable, mediterránea. Quizá no recordé nada del final del poeta por algunos hechos, pequeños, que sucedieron y a los que no encuentro explicación. La mayor parte de ellos, coincidencias, premoniciones, me los guardo. Tan sólo mostraré uno: en la madrugada del día 1, paseando por el claustro de la Catedral de Orihuela encontré una vieja planta de mi niñez. Hacía años que no la olía, que no podía tocarla. En Córdoba, la llamamos “dama de noche”. Yo dormía con ella en las madrugadas estivales, depositadas las varas verdes encima de mi mesilla. Para mí, aquel olor remitía a los años felices en que crecí a la vera de Isabel, en que leía a los Grimm, a Andersen, a Esopo en la mecedora del patio de la casa de mis antepasados.

Quizá, aquella noche, en territorio hernandiano alguien quiso mandarme un guiño, un recuerdo, una pieza para el álbum íntimo, una aviso de que yo también viví una Edad de Plata. Todo pudiera ser.
Una dama, también verde,fue el principio de mi enamoramiento con Orihuela.

Fotografías: Objetos personales de Miguel Hernández. Museo del poeta en Orihuela. © Carmen Garrido.