martes 17 de noviembre de 2009

PEQUEÑOS OJOS MUERTOS


(Oír con fondo de Carmina Burana-Fortuna Dominatrix Mundi)

Él mira hacia una especie de nebulosa, la de las dudas, colocada con mimo encima de mi cabeza.
Y me pregunto qué ve, qué escruta.
Si es el aura,
mis pecados a modo de mantilla,
los libros que leí y que abandonaron personajes y algún jirón de melancolía.
Me pregunto, una y otra vez, si es que transporto a Strindberg entre el cabello alisado con premura
o es que se me nota demasiado que robo cucharas en los restaurantes.
Cuando el calendario marca noviembre,
anhelo que las manos vivan en la gamuza de aquellos guantes que no heredé
(pero que recuerdo cada invierno).
Quizá sea eso lo que contempla altivamente, allá, en la lejanía.

Él mira hacia una especie de nebulosa, la de las dudas, colocada con mimo encima de mi cabeza.
Y me pregunto qué ve, qué escruta.
Si es el aura,
mis pecados a modo de mantilla,
los libros que leí y que abandonaron personajes y algún jirón de melancolía.
Me pregunto, una y otra vez, si es que transporto a Strindberg entre el cabello alisado con premura
o es que se me nota demasiado que robo cucharas en los restaurantes.
Cuando el calendario marca noviembre,
anhelo que las manos vivan en la gamuza de aquellos guantes que no heredé
(pero que recuerdo cada invierno).
Quizá sea eso lo que contempla altivamente, allá, en la lejanía.

Tal vez lleve, como un turbante,
cada molécula de nicotina que fumé
( y Medea se haya transformado en alquitrán).
Tal vez se fije socarronamente en que mis seguridades de mujer independiente
se pisotean con la necesidad de hacerme coletas para volver a la plaza de Tiberíades, donde mi padre y yo oíamos a Schubert en los conciertos de verano.

Quizá la lámpara verde que nos ilumina descubra alguna corona de espinas que me adorna;
el nombre de determinados ángeles pobladores del CO2;
las algas de todos los mares que he visitado
( y que son el pesimismo del océano sin psicoanalizar).

Puede que su mirada, con esas pestañas juntándose cada vez más,
actúe como sibila y me despierte al destino,
que tengo bien guardado bajo los mármoles azules y rojos de Cabra, allá donde la maxura.
Puede que esos iris sin color adivinen el rostro de los compañeras de colegio, que se borran de las fotos,
el nombre de amantes retorcidos, que me camelaron en tabernas portuarias,
la canción de Navajita Plateá con la que finalizábamos las noches aquellas de vino y rosas
el recuerdo de aquel pueblo gallego donde las mujeres asustaban a los pescadores ahogados vistiéndose de color rojo vino.

¿Qué me miras?
¿Por qué no distraes tu mirada hacia la futilidad, que es tu reino,
el papel de 180 gramos,
la Mont Blanc edición homenaje a Karajan
la Chaise longe donde nos tumbamos tus esclavas,
la tinta negra para resumir nuestras vidas:
(Enero-Infierno- Septiembre)?

¿Soy otro conejillo de Indias de privado disfrute personal?
Con condescendencia, después de ahondar en mi metro cuadrado,
me tocas el hombro y apareas tu mano docta con mi camisa de Zara, que luego me recrimina
Pero, ¿con qué tipos me juntas últimamente?
Confiado, te mueves en el sillón, ése de mil tachuelas y sigues mirando arriba…
Al quinto jinete del Apocalipsis, (20.000 muertos-niños) que preguntan ¿Por qué nací aquí?
A la liberación de un pesquero que navega desde el periódico
A la rosca de nata que devoré en la mañana
A cada gramo de anjova que sueño comer en el Bósforo.

Me asquea tu mirada profundamente,
Dolorosamente.
Entrópicamente.
Quiero mangarte esos ojillos de topo estúpido y mendicante
y sustituirlos por otros de cristal,
pisoteando tus cuencas con las Mustang de este otoño.
(Qué perfecto estreno).

Querido miope:
He comprado un borrador de pizarra esta mañana, a la amanecida.
Y lo he pasado con fruición por el cielo que me cubre.
Un cielo hirientemente blanco,
con los pensamientos acurrucados en las meninges.
Manejando yuntas de bueyes he dejado en barbecho mi vacío,
para que se llene de otras miradas apasionadas, limpias.
La tuya, a partir de ahora,
va a contemplar el infinito:
lo más amargo, la nada, el tótem del vacío. El cero negativo, la ausencia de persona.
Vas a meter tus malditas rajas deformes en lo más terrorífico del ser humano:
la tumba del pensamiento.
Cuando la sorpresa de la niebla más oscura te amargue la velada, amigo mío,
me tendrás que mirar a los ojos.
Y entonces, querido sátrapa,te recomiendo que busques conjuros y santeros
velas de la suerte, oraciones y Te Deums
Porque mi mirada va a ser tan dura,
tan cruel,
tan salvaje
tan de puro asco,
que te va a temblar
hasta el alma que no tienes. (Continuará…)

Tal vez lleve, como un turbante,
cada molécula de nicotina que fumé
( y Medea se haya transformado en alquitrán).
Tal vez se fije socarronamente en que mis seguridades de mujer independiente
se pisotean con la necesidad de hacerme coletas para volver a la plaza de Tiberíades, donde mi padre y yo oíamos a Schubert en los conciertos de verano.

Quizá la lámpara verde que nos ilumina descubra alguna corona de espinas que me adorna;
el nombre de determinados ángeles pobladores del CO2;
las algas de todos los mares que he visitado
( y que son el pesimismo del océano sin psicoanalizar).

Puede que su mirada, con esas pestañas juntándose cada vez más,
actúe como sibila y me despierte al destino,
que tengo bien guardado bajo los mármoles azules y rojos de Cabra, allá donde la maxura.
Puede que esos iris sin color adivinen el rostro de los compañeras de colegio, que se borran de las fotos,
el nombre de amantes retorcidos, que me camelaron en tabernas portuarias,
la canción de Navajita Plateá con la que finalizábamos las noches aquellas de vino y rosas
el recuerdo de aquel pueblo gallego donde las mujeres asustaban a los pescadores ahogados vistiéndose de color rojo vino.

¿Qué me miras?
¿Por qué no distraes tu mirada hacia la futilidad, que es tu reino,
el papel de 180 gramos,
la Mont Blanc edición homenaje a Karajan
la Chaise longe donde nos tumbamos tus esclavas,
la tinta negra para resumir nuestras vidas:
(Enero-Infierno- Septiembre)?

¿Soy otro conejillo de Indias de privado disfrute personal?
Con condescendencia, después de ahondar en mi metro cuadrado,
me tocas el hombro y apareas tu mano docta con mi camisa de Zara, que luego me recrimina
Pero, ¿con qué tipos me juntas últimamente?
Confiado, te mueves en el sillón, ése de mil tachuelas y sigues mirando arriba…
Al quinto jinete del Apocalipsis, (20.000 muertos-niños) que preguntan ¿Por qué nací aquí?
A la liberación de un pesquero que navega desde el periódico
A la rosca de nata que devoré en la mañana
A cada gramo de anjova que sueño comer en el Bósforo.

Me asquea tu mirada profundamente,
Dolorosamente.
Entrópicamente.
Quiero mangarte esos ojillos de topo estúpido y mendicante
y sustituirlos por otros de cristal,
pisoteando tus cuencas con las Mustang de este otoño.
(Qué perfecto estreno).

Querido miope:
He comprado un borrador de pizarra esta mañana, a la amanecida.
Y lo he pasado con fruición por el cielo que me cubre.
Un cielo hirientemente blanco,
con los pensamientos acurrucados en las meninges.
Manejando yuntas de bueyes he dejado en barbecho mi vacío,
para que se llene de otras miradas apasionadas, limpias.
La tuya, a partir de ahora,
va a contemplar el infinito:
lo más amargo, la nada, el tótem del vacío. El cero negativo, la ausencia de persona.
Vas a meter tus malditas rajas deformes en lo más terrorífico del ser humano:
la tumba del pensamiento.
Cuando la sorpresa de la niebla más oscura te amargue la velada, amigo mío,
me tendrás que mirar a los ojos.
Y entonces, querido sátrapa,te recomiendo que busques conjuros y santeros
velas de la suerte, oraciones y Te Deums
Porque mi mirada va a ser tan dura,
tan cruel,
tan salvaje
tan de puro asco,
que te va a temblar
hasta el alma que no tienes. (Continuará…)

Fotografía: Francisco de Goya. Grabados de Los Desastres de la guerra. Grande hazaña! Con muertos! (1810-1815)

miércoles 11 de noviembre de 2009

QUÉ MUJER DIFÍCIL, LIBERTAD


Por la inyección de Daniel
Por la inspiración de Hasier
Por la visión de Vermeer
Por la commoción de Delacroix

Largarse rima con salvarse.
Si te estás muriendo, lárgate.
Si estás sufriendo, muévete.
No existe más ley que la del movimiento.


Si tú supieras lo difícil que es arrojarme a tus brazos, si tú lo supieras…
Frotarías con Dove todo tu cuerpo y lavarías el mío con aceite de linóleo
para que se engancharan,
se entremezclaran,
se anexionaran.


Camino sobre tacones de felpa para que no grites Liberté
y así yo me desnude en medio de cualquier calle y me hagas tuya…
Como un Descendimiento,
como la cornada de un toro
como la marioneta sin aplauso… Caída, caricatura, feliz.
Me llevarías hasta tu casa y allí pasaría mi vida… Hummm, qué delicia…
Comiendo pan de rosca por las mañanas y fruta con canela,
helados de coco y mango del Bombay Palace de Lavapiés.
Esas noches en las que veríamos una y otra vez “El tercer hombre”, “Sorgo Rojo” y “El amante”;
leyendo a cualquiera –por muy malo que fuera- que no sonara ni a Rimbaud ni a Pizarnik ni al almanaque del año en que pude morir.
Beber raki turco sin sentir compasión por la boca del estómago…
Las batas chinas no existirían y tú y yo andaríamos perfectamente dibujadas,
cuerpos al aire en blanco,
en terroso,
sin pudor,
mirando por las ventanas,
fumando en pipa ante los ojos color grotesco de los que tienen en el armario perchitas ridículas para colgar corbatas.
Yo aprendería árabe y olvidaría qué es un ordenador,
practicando sobre tu espalda todas las vocales, tus pecas como puntos, una pianola casi virgen, en exclusiva, para mí.
Derramarías chocolate caliente sobre un sexo ya de por sí ardiente pero desprevenido
y lo convertirías en una fondue de marca: cacao 99% de dulzor…
Si los días transigieran con nosotras,
cerraríamos las ventanas con cortinas gruesas,
encenderíamos decenas de velas de Nature, las de canela en rama
y expandiría por mi cuerpo perfumes franceses

Transparent de Houbigant,
Le Chic de Molyneaux,
Cristobale de Balenciaga


rompiendo los versos de Juan Ramón y disecando su cabeza de Imperator.
La vida sería una orgía con nombre de Underwood, tecleando siempre,
dejando de lado a Darío,
vete a tu Nicaragüita
y déjanos la existencia
entregándonos a los versos del vencejo común, amante del buen dormir.


Pero qué difícil es, te digo,
olvidarme del fango y del tatami, que se me engancha a la espalda como el carey…
Vivir verso libro libre.
Sólo tengo botas katiuskas para andar sobre mi lodo,
qué placer ése de revolcar las costillas sobre el cieno
y dejarme penetrar por ramas caídas,
inservibles,
viudas de los árboles tristísimos del Duero.

Mis gorros de ducha rezongan de la lluvia permanente de la enumeración de mis males: el ojo miope;
las piernas que no recuerdan botines;
la extraña demarcación de mis venas (todas londinenses y grises) que encuadran el conjunto vacío;
las muñecas atadas a los respaldares de camas de baja estofa;
las bolsas de plástico, que coronan mis pechos, ajenos a sus propias terminaciones nerviosas.


Cómo ves, querida, la libertad no guía al pueblo,
es la multitud la que envilece a las aristócratas de piel suave y las convierte en mujeres de Lot.
Yo sé que existes…
Esa mirada tuya, acuosa y permanente, de La niña de la perla, que me vigila y me llora. Y me escupe, con delicadeza de Delft:
Eres la más triste que conozco.

Y es cierto, Libertad, que aceptaría un trato de esclavos por ser tuya,
pero nací con barrotes en la frente y el yugo de Vulcano los cinceló,
así que sigue untándome con las cremas mantecosas de Sephora,
con L´Air du Temps de Nina Ricci,
con el cacao del Donuts robado a la dieta
para borrar el código de barras de la Concergerie de mi ceño.
Inténtalo porque yo no puedo,
no me dejan escaparme,
ser amante de la libertad de lo cotidiano,
deseosa del cuscurro de pan;
groupie de las tiendas de lámparas blancas;
chica excesiva de los broches en los abrigos;
amiga de las películas nórdicas de la sesión de las siete.
¿Quiénes me violan en este lecho de corrosiones?
¿Quiénes me impiden entregarme a la Libertad?
No lo sé…
Lo único que entiendo es tu perla de sirvienta llorada
y la cerrazón de mis pechos dentro de una túnica
porque nunca seré la musa de Delacroix... (Continuará)

martes 27 de octubre de 2009

CRÓNICA DE UNA PASIÓN VERSIFICADA


Hay entre los cinéfilos un club de poetas muertos. Aquéllos que revivían a los antiguos. Los hubo maravillosos, otros mediocres, otros vivían en una buhardilla de París. El caso es tener una pasión. Decir las cosas que sentimos, que nos hacen sentir, que revivimos, de las que escapamos, las que nos rebuscan y nos desafían…Todo con pasión.
Da igual venir del Cantábrico; de la Venezuela caraqueña; del Chile de después de que sigue doliendo como un 11 de; de Rosario; de Madrid; de la Lima fiera; de allende Castilla alta; de la silenciosa Córdoba siempre dormida. Todos somos Pólemos, un grupo poético que vive por los versos y que los habitó un 17 de octubre en la madrileñísima Cava Alta, presentando en recital su antología Para poetas naranjas.

Habló en voz materna una Susana I, que narró, como narra ella, pura melaza, sobre una niña con rizos, la suya, la de nadie más, la que salió de su vientre sosegado, la que trae la paz. Hizo germinar sobre Susana raíces y eso ya dice mucho de una niña que arranca corazas, además.
Hubo declaraciones de amor a una mujer llamada Esperanza de parte de un hombre llamado Ernesto, que la volvió a seducir, que reafirmó el compromiso, que la depositó entre sus brazos, allí delante del gentío y la amó con calma.

Dos mujeres de nombres tremendos, Dolores y Sara, se amarraron para hablar sin voces, para suavizar lo evidente, para gritar que estábamos allí porque también las manifestaciones heredan y serán leídas y admiradas cuando la madre de esos poemas viva en la bañera de Jonás y la segunda madre, Sara, se transforme en viento para amar-despreciar la mole inmensa de una catedral.

En este Pólemos, hay dos hombres de seria mirada que guardan mil madejas de pensamientos…Uno ama a los gatos; el otro nació en el lugar más absurdo del mundo y sabe que ese poema es mi favorito y que sus delicias y sus melancolías llegan hasta los bigotes de mi minino que es, como el de Vicente, ocioso y dormilón. Giovanni, que comparte la idea de que el arraigo sólo es lo festivo que llevamos dentro llenó la sala con su timbre de voz impaciente y duro, sembrando con taracea cada palabra porque lo dice desde Perú, lo narra, aunque esté en Madrid, y se mueva como el gato que acosa al bardo Vicente.

Teresa le cantó a la piel, al cuerpo del amado, a la melancolía del abrazo deseado y lo conminó a que se moviera, a que se mudara de cualquier estación hasta su cuerpo rubio y lindo, qué mejor lugar para vivir que la mirada alegre de una poeta con el alma en continua exposición. Un alma que abrazó una y otra vez a Nina, chilena, Salinas, otra voz del destierro, dispuesta a no ceder, a no callar, a reivindicarse, a recordar el olor de las magnolias, que es su flor, como la mía es el azahar. Ella, que a ritmo de campanada, va poniendo en marcha el reloj de su vida, desde su adolescencia hasta llegar in crescendo a las campanadas de Madrid, donde la protegeremos de otros trinos funestos, donde se haya entre un enorme ovillo de poetas, donde amarrarse cada vez que quiera.

Chema habló como es él: adusto, golpeteando el alma con palabras duras, despertando los ojos de los asistentes, fijándolos con celo, lanceándolos desde la verdad de unas imágenes que son ahora, ya, el colmo, un colmo, la muerte a pisadas grandes sobre la sala, la saliva atragantándose y el hombre castellano doliéndose y doliéndonos. Y salían lágrimas y salían ganas de correr y de gritar lo que veíamos y de echar por alto aquello de la solidaridad, tan manido y gritar: Yo no soy solidario, soy justo y dar la mano a quien sea, a cualquier ceño fruncido, a cualquier mano demasiado arrugada para su edad.

También anda por el club, Casanova en forma de poema de Óscar Rozalén, versos donde el veneciano lograba el odio de una mujer a cambio del sudor placentero de otras muchas, cosa que se agradece porque ya no quedan tantos marineros para puertos y sí muchas damas esperando a un caballero. Un señor que se mueve hacia atrás para encontrarse con lo que quiere –vivir para reencontrarse- mientras la niña Jana me arrancó las lágrimas con su amor tariFado, de cuerpos y almas entrelazadas, de nudos que recorren trenes, de posos de café conservados y golpes esperados y legitimados por un amor tremendo.

Y finalmente, nosotras. Mónica y Carmen. Ella estableciendo testamentos en forma – cómo no- de versos y de besos, tan poca diferencia entre ellos. Ella estableciendo decálogos a mares para cuando la inspiración se niega y los recuerdos no vuelven. Tal vez, Mónica resumió lo que muchos pensábamos: Poesía es nuestra vida.
También la mía, que lleva poco tiempo en libertad, pero que, ahora, oye campanillas y dice esto es cierto y yo soy poeta en voz muy alta. Y lo soy porque me sale, porque me brota de las enaguas, porque me alimenta tener el verso en persona al otro lado del salón, moreno y argentino, porque ahora vivo en tantos sitios, que me pierdo y me arrullo, feliz, poetizado el cuerpo en cualquier esquina, sobre todo si es la de Luchana con Cardenal Cisneros, El Manantial todo blanco de Giusseppe incluido.

Faltaron algunos: Eider, Clarisa (allende los mares, argentina que recuerda secuestros privados o públicos cubiertos por el tiempo en los armarios, donde metemos lo que no queremos ver). Estuvo Ana del Vigo, aunque no declamara, que no le hace falta. porque Ana, toda rosa ella, es Pólemos y dice cosas como que mientras existan tus ojos, seguiré pensando que el mundo es un poema y yo pienso que la niña Ana desciende de Bécquer o Bécquer de ella y habla de amor con la palabra nos, que dice mucho de la generosidad de la niña Ana.


Todo esto fue armado, creado, enmarañado, cuidado, deseado por Giusseppe Domínguez, padre de Pólemos, maestro de todos nosotros. Giusseppe, que nos salva, que nos arranca de lo cotidiano y nos vuelca en la poesía y nos conmina a beberla. Giusseppe sin el que este todo sería nada, sin el que muchos no aguantaríamos tanta pasión sin desbocarnos. Gracias.

Con textos de Pólemos, de su libro Poesía rosa roja roja verde para lectores naranjas, editado por Giusseppe Domínguez: Ana del Vigo; Chema Vega; Clarisa Vitantonio; Dolores Vallejo; Ernesto Pentón; Sara Valverde; Susana Recover de Frutos; Vicente Navarro-Abad; Teresa Sanz; Giovanni Collazos; Jana de Luque; Mónica Aunión; Nina Salinas; Eider Iturbe; Óscar Rozalén y Carmen Garrido Ortiz.


Fotografía: Odalisca (para mí, la poesía) de Mariano Fortuny.

BOTELLA CON MENSAJE


Mi piel, que es vidrio, se ha teñido de verde alga, verde cieno, verde tormenta.
De pronto, en una elipsis perfecta, he acabado recorriendo el Atlántico.
Me gusta este color nuevo, más que el de las sombras grises, que iban y venían sobre la epidermis cuando el pescador acariciaba con la luz de la única vela, que yo portaba,
un libro antiguo, El viejo y el mar, encontrado en Le Marin.
Sombras de una habitación donde las oscuridades del puerto alimentaban las paredes: costrosas, turbias, sin más cuadros que luchas de naos contra galernas de otros siglos, noche tras noche asaetadas por las mismas olas, purgatorio de los mares.


Me gusta estar embarazada de una incógnita de soledad, de un océano de huellas dactilares.
No sabía escribir mi marinero y llenó el papel biblia con sus dedos mojados en tinta… Quizá para encontrarse con falanges más pequeñas, que le brindaran caricias…
Quizá para entroncarse con manos grandes, de padre fuerte y moreno, que le diera raíces…
Quizá para crear espejos con el tiento de un hermano suave y docto, con el que dormir hablando de nudos marineros, de róbalos y sargos, doradas y jureles.


La mar va deformando mi cuerpo, adaptándolo a las olas, al vaivén de las corrientes.
Y yo voy conociendo el mundo y sus fosas, revoloteando sobre mi eje, mientras las huellas del pescador se aferran temerosas al cruzar el mar de los Sargazos o el estrecho de Magallanes…
Sentimos huellas y vidrio el no tener destino, esta carcajada de Neptuno que no nos aboca a playa alguna, la Ítaca perdida...
Puertos del Adriático, casi volando entre las columnas de la República de Venecia,
Nápoles y sus pañuelos negros al aire de las ventanas,
Atenea Parthenos, allá a lo lejos del Pireo,
la inmensa África al atravesar Suez,
aire de monzón cayendo sobre Calcuta…

A veces, una mano me empuja hacia las fosas abisales, donde la luz escasea y los peces se vuelven monstruos de tanta pena por no alcanzar la claridad…
Entonces, las huellas de mi pescador me llevan hacia la superficie, rápido, rápido
y allí me mecen y duermo tapada por el plancton noches enteras para olvidar la pesadilla.


Quieren mis huellas encontrar otras, delicadas o inmensas, de soldado o mujer infeliz; de sabio o de farero...
Y así verse liberadas de esta cárcel en verde y ser adivinadas, buscadas, apretadas contra pechos.
Quieren abrazar túnicas y peplos y rozar la uña de la virgen, la espalda del guerrero, el filo de la espada.
No piensan más que en descubrir qué es el terciopelo, la blonda, el cristal, la madeja, la nuca, la epidermis de recién nacido, el pelo blanco de matriarca, los cantos del pan, la mies segada en gavillas…
Huellas vertidas a la tierra cuando siempre fueron elemento de sal…
Así quieren estar: guarecidas de tifones, inclemencias y aguaceros; de calmas sutiles, que alteran diluvios…
Amarradas al calor de un ser humano que las reconozca y se una a ellas y las imprima en su ser y las disperse, recorriendo pura tierra…


Yo, en cambio, quiero olvidar las arenas y las rayas; las sirenas y tridentes;
esponjas, corales, almejas y anémonas.
Pero tampoco deseo contacto humano, viajes en caravanas guardando monedas; presidencia de mesas, albergando champagne; ser tesoro único para un prisionero; riego de bautismo para el recién nacido; albergue de incienso para las camas de los amantes.
Yo sólo anhelo volver a iluminar un cuartucho de pescador, allá en la Martinica, donde siempre es verano,
refugiándonos de la calima en las sombras chinescas, recreándole la portada de El Viejo y el mar para que la siga acariciando.

Déjenme en paz esposas, padres, hermanos,
liberadme de las pieles del mar, de esa construcción irreconocible, que soy ahora;
de los sollozos de las mujeres;
de las alegrías del aquellos que quizá me encontraran…
Y devolvedme a sus manos, arrasadas por la esperanza y el Tiempo, la sal y la soledad,
algo que, sólo yo, una botella verde océano, puede quitarle.


Fotografía: El Báltico embravecido.. Copyright. Carmen Garrido Ortiz, 2009.
Poema nacido de la etiqueta "Botella con mensaje" del Taller de Poesía de Clave 53.

lunes 19 de octubre de 2009

PARA LOS BUENOS POETAS


Todo era más difícil cuando la pasión se vivía en soledad,
los títulos se enmarcaban continuamente y la meta era llegar hasta ellos.
No había inscripciones en jam sessions, sino en largos cursos sobre el "Estado del Mundo, 2006, 2007, 2008", estado que ya leía en los periódicos, que consumía en los dominicales, que veía en los noticieros, que me contaban en el mercado, que narraban en las terrazas del verano, que se metía por mi ventana y no me dejaba dormir.
Porque yo no puedo hacer nada contra "El Estado del mundo". Sólo hojearlo y ojearlo.

Enmarqué el "Estado del mundo" en mi pasión,
los anexioné
los uní
los flexioné
los acoplé
los remendé
los acicalé,

dentro de una habitación con cuadros de mujeres árabes en rojo y un ordenador en rosa; velas encendidas y canto gregoriano de fondo. Ahí cabe el pequeño mundo y tecleo sobre el grande: el que me sigue confundiendo porque sigo siendo una ingenua y pido a los dioses no ser nunca cínica.

Detrás me empujaban a escribir nombres: Daniel, Antonio, Carmen, Pa, Ana, Álvaro, Z, Calma, Sandrita, Oly, José, Yül, otra Carmen, Isabel, Pepe, Alfonso, Ana, Catalina.
Esos fueron los esenciales hasta que llegué a Clave.

Y allí, aparecieron Giusseppe, Ana, Jana, Gio, Chema, Teresa, Dolores, Ernesto, Susana, Vicente, Nina, Óscar... Los que más conozco.
Gentes que creen que la poesía es lo más sagrado del mundo; que comprenden un bloqueo; que saben que la felicidad estalla cuando la idea viene y se desarrolla y surge y resurge y se canaliza y se expone y uno sonríe sin que nadie le vea.
Con ellos es un placer hablar y dialogar y redialogar y contar porque saben escuchar. Hablamos de sentimientos en un lugar blanco llamado El Manantial y allí nos quedaríamos comandados por la sabiduría de siglos que atesora la cabeza de Giu mientras de fondo Carmen vuela, grácil cuerpo, a ritmo de tango.
Qué bueno es encontrar tu lugar en el mundo, aunque sea en el semiexilio y se eche de menos la familia, la luz, la campiña, la cal, la calle Judíos o la plaza de Tiberíades. Pero el lugar se encuentra donde pululan los afectos.

El recital de Sal y Limón Para poetas naranjas, sábado 17 revolucionario por la tarde (que yo llamaría Azúcar y Canela), fue mágico y yo sólo utilizo esa palabra muy pocas veces. Nuestra antología nos unió aún más si cabe y comprendimos que Pólemos es poesía en uno, pasión vocacional, "güena gente" de la que "da compaña".
Fueron horas preciosas, delicadas y el principio de otros muchos recitales porque lo irrepetible, cuando hay ganas, es posible.
Gracias por ser "pilares".

Un abrazo fortísimo a todos!

miércoles 7 de octubre de 2009

LAS GARRAS DEL SILENCIO (Encuentro con la calma en Copenhague)




How can you see into my eyes like open doors
leading you down into my core
where i've become so numb without a soul my spirit sleeping somewhere cold
until you find it there and lead it back home wake me up inside
wake me up inside
call my name and save me from the dark
bid my blood to run
before i come undone
save me from the nothing i've become

(Bring to life. Evanescence)


I
Nunca fue más feliz que en esos cinco días.
Se liberó del corsé rojo, que la ataba,
y las cintas fueron a parar a la lengua de agua, Øresund,
que discurría lentamente delante del hotel…
Tiró la peluca a un buzón rojo, tipo inglés,
que la acogió cerrando lentamente la boca,
en una sonrisa cómplice, como si amasara la piel de un gatito asustado…
Descargó los tres libros que se había llevado para leer en el Optimisten, Nyhavn 38, delante de un sándwich de salmón bien nutrido de especias…
El mar, La piedra de la paciencia, El Museo de la Inocencia… Una especie de bookcrossing consigo misma…
Si dentro de cinco días, Faisal, el camarero turco se los había guardado,
estaría destinada a leerlos…


Paseó con las manos metidas en los bolsillos por Nyhavn…
Zapatos mojados
Llovizna en la cara
Terrazas con viejos quinqués,
Parejas enredadas furtivamente en el fondo del Pakhuskælderen, acurrucadas bajo mantas verdes con marcas de cerveza
Casas de colores suaves.
Blanco hielo
Amarillo nápoles
Rojo grosella
Azul acuoso
En cada ventana, alguien se arrebujaba en un sillón,
tocaba el piano,
encendía velones, toda una candelería...
Una ciudad iluminada por sus habitantes
Fuera, desterrado el ominoso alumbrado público...
Sólo reinaba la misteriosa luz que desprendían los edificios en sí mismos.


Al fondo del canal de Nyhavn, Charlotenborg, el Hotel de Inglaterra, la Ópera.
Nadie en las calles, solas para ella y sus tacones, que volaban.
Mareo de tanta vuelta en medio de la enorme plaza:
Almacenes de marroquinería
Tiendas de delicatessen
Almacenes de joyas delicadamente labradas, como nidos de oro
Pequeños cottages en medio de las calles empedradas, marcos de flores de Latour,
Miel con avellanas y nueces
Chocolate blanco espumoso
Pendientes de ámbar
Cachemire en cada una de las mujeres, que corrían, rubias y con leggings grises hacia ninguna parte de la noche
Boticas del XVII con hierbas para toda dolencia
Depósitos de ángeles vidriados
Antiguas lonjas, reconvertidas en estudios de arquitectura,
Factorías de colgantes para las ventanas y la buena suerte
Librerías cerradas con postales de la sirenita y su cara de niña triste
(otra Mona Lisa que descifrar y que huye de los turistas)
Expendedurías de frutas escarchadas, café turco, tés de canela, alrededor de los cuales cabían dos posibilidades
(leer los Cuentos de Invierno de Dinesen o enamorarse)
Verjas enredadas en hiedras o hiedras enredadas en paredones donde guardar bicicletas
Pequeños patios con bancos de madera para sentarse y conversar sobre el silencio
y su poder curativo, que ponía rectos los cuellos y reponía las ganas de comer…


El mutis danés más absoluto llegó en la plaza de la Reina. Margarita estaba ausente de palacio, bandera bajada.
Sólo los pasos del cambio de guardia y una luz inquietante en la próxima iglesia de san Federico.
Allí le dieron las cuatro, pensando en las piedras que la rodeaban, en los calcetines de ovejitas que calzaba, en los aterciopelados gorros de los soldados, en el balcón donde brillaban las esmeraldas reales…
Ni un solo pensamiento sobre el futuro
El pasado nadaba a estas alturas por Christiania y bien poco le importaba que fuera divisado por algún barco.
Oía su propia respiración, sus neuronas parlotear, su diafragma subir y bajar, adoctrinado y tierno

A las cinco se refugió en el paseo de Christian Brygge y al alba regresó al hotel
bajo un cielo encapotado.



II
El olor a cruasán recién hecho la despertó y la llevó en volandas hasta Strøget, una calle peatonal donde bebió dos expresos en el Café Nytorv.
Las ejecutivas corrían hacia el trabajo con un ramo de flores en las manos,
Los hombres con piezas de fruta fresca.
O al revés.
¿Para qué necesitaba comprar flores si no tenía a quién ofrecérselas?
Tal vez no fuera ella, pero se dejó cientos de coronas en
lirios del valle
ranúnculos
hojas de laurel
rosas de Bulgaria
Y, por supuesto, margaritas, enormes, devoradoras de su rostro mientras caminaba...

Atravesó los Jardines Reales y llegó al cementerio donde yace Kierkegaard. En su pequeña tumba dejó las flores y la postal de un gato arrugado donde escribió:
I dont know Danish, my dear spiritual man. But I dont want more sufferings in our lives, Do we agree, Søren?

-Usted también le visita, por lo que veo…
A sus espaldas, un viejo judío le hablaba saboreando las palabras.
-No entiendo bien el danés, perdone.
-Dont mind. He is always sad because of Regine.
-I understand…
Hay tristezas que son eternidades...

La tarde la pasó en el parquet Rosenborg, cerca de Holger, el vikingo que salvaría a Dinamarca de las invasiones enemigas, pero que no pudo con el poder nazi.
Su vergüenza lo escondió en el subsuelo del castillo de Rosenborg.



III
La tercera mañana había olvidado su aprensión a los temporales
y compuso un bodegón para la mar:
bañador
fruta despiezada
un Smørrebrød con mantequilla fresca
un libro de poesía danesa.

El Báltico estaba embravecido y sólo pudo llegar nadando hasta uno de los pequeños faros.
Se entretuvo leyendo en voz alta aquellos versos que no comprendía
y aprendió la forma de las nubes, que corrían hacia Malmö.
Los molinos de viento peinaban el aire como a la cabeza de una mujer,
los niños recogían piedras de la suerte,
las parejas juntaban sus pies
y ella se puso su primera compra danesa: un suave jersey de Oleana.

Las olas comían arena y luchaban por llevarse sus pies, un divertimento que no había repetido desde niña.
Al llegar, sembró toda la habitación del hotel de conchas, caracolas y arena y se tumbó,
empapada del olor de otro mar, del frío de otras gentes.
Olvidó toda reticencia y se bañó durante horas en aquella toilette donde la crema hidratante olía a lo que debía: a hotel, a horas pasadas con discreción y casi disimulo.



IV y V
Pasó los dos últimos días en Gentofte, una laguna, apartada de la ciudad,
que un amante dramaturgo le había conminado a visitar:
Copenhague no es nada sin Gentofte.
Y, efectivamente, no lo era.

Lago quieto,
cisnes blancos y grises,
patos cetrinos
casas espléndidas con rosales, hortensias y begonias,
niños de ojos azules que le sonreían con desconcierto,
maleza y caminos casi vírgenes
hectáreas de prado donde dormir.

Allí se arrugó y, en posición fetal, saboreó la hierba que iba cortando y el polen de los jazmines.
Su cabecita subía y bajaba de la montaña rusa del Tivoli,
adonde había estallado su furia la noche anterior.
Alaridos de despecho,
de asesinato de la rutina,
de flechazo con el frío y la chimenea, la manta y el edredón,
de exorcismo de presiones y esmerada educación.
Vomitó la mItad de su alma
y dejó en paz la parte que necesitaba para afirmarse el yo.
Sonrió despacio y dio volteretas sobre los matorrales.
Cuando se cansó, se desnudó conpletamente y sintió la tibieza del rocío en su piel. Se echó en las muñecas Hypnose, de Lancome
y sus gotas recorrieron la curva de su espalda. Como Marilyn.

Sacudió la cabellera en dirección a los cisnes, que la esperaban.


Entonces, se levantó como en una ensoñación
y saludó a una viejecita que llevaba pan de pita y azucenas salvajes
(quizá para comerlas).

Ella lamió un hortensia azul y se cubrió los pechos con la mata de pelo castaño.
La calma era total y el perfume se había insertado en cada molécula del aire.
Despacio caminó hacia la laguna y la recibió un cisne blanco, que la acompañó hasta que el agua la envolvió en su totalidad, cerrándole los ojos en un último suspiro de tranquilidad.


PD.- Durante días, Faisal esperó la vuelta de la extranjera, que había olvidado aquellos libros. Le gustó la narrativa de Banville en El mar y, desde entonces, cada vez que navegaba por Øresund, rezaba. Nunca supo por qué.



Fotografía: Laguna de Gentofte. Carmen Garrido Ortiz.

martes 6 de octubre de 2009

EXISTENCIALISMO PURO


A la vuelta de una esquina, en el laberinto del Metro.
No me acuerdo en qué estación.
Probablemente en una de ésas con fantasma incluido,
que te persigue mientras recorres muda los pasillos y crees que las paredes y sus anuncios van a combarse sobre ti.

Había anuncios de Multiópticas;
uno de El Delgado Buil (dos miradas furtivas y deseosas acerca de la suavidad de un vestido de seda sobre mi piel);
el estreno de REC 2 (aumento de la sensación de claustrofobia);
la Semana Fantástica de El Corte Inglés...
Recordé que tenía que comprar champú: el suave y liso de Pantene.

Estaba pensando en lo aterciopelado del acondicionador cuando apareció él.
Moldeó perfectamente la curva a paso desganado y sólo me rozó la manga de la gabardina, dejando un olor a cedro y maderas en el aire.
Nos miramos.
Mis ojos, asombrados.
Los suyos recorridos por una miríada de rayas, como las piernecitas de las chicas de natación sincronizada: Genma Mengual sobre fondo verde.
Dos miradas, dos espectros.

En dos segundos.

En la mente de Ana:
-Llevo toda la carga de tu existencia dentro de mí. Y digo toda porque con sesenta y cinco años es muy difícil desprenderse de la persona, del otro yo.
¿Soy yo más que tú o tú te has hundido tanto que necesitas de mí para existir?
Cuánta vida echada en los hombros, pesada como una toalla después de salir de la piscina. Y, en medio del rizo americano, un principio apasionado en tu apartamento, el sentimiento de ser tu musa, un ayuntamiento en un lugar perdido y los hijos.
Cuánto pesan los hijos: veinticuatro horas de crianza bajo tu atenta mirada indescifrable. ¿Aprobaste alguna vez como los eduqué?
Te molesta que deje los cigarrillos medio encendidos, ¿verdad?
Te importuna la charla de los chicos mientras comemos, el olor del Ambi Pur y que lleve, a mi edad, vaqueros con agujeros.
Eres tan original, fuiste tan original desde el principio… ¿Qué viste en mí? Tendría que haberte adivinado. Nadie se declara llevándote un fin de semana a la Alhambra y pidiéndote matrimonio bajo un parterre. Qué buena anécdota para luego exhibirse…
Como te derrochas cuando se te escapa tu lección de enologí
a o tus conocimientos sobre los vestidos drapeados…
Dime, Pablo: ¿crees que me importan los vestidos drapeados o llevar el reloj de tu madre o tu última exposición sobre la Amazonía?
Estoy cansada y nadie me recuesta sobre almohadones, Pablo, nadie…


En la mente de Pablo.- Ana, ¿porque eres tú, no Ana? Tanta arruga en los pómulos me impide ver lo que quiero. Observo tu mirada de hito en hito y me pregunto qué rondará tus neuronas. El Fairy, la jubilación o la falta de fuerza de las hortensias, tan debilitadas como nuestro matrimonio.
Y eso que somos tú y yo, Ana. La funcionaria y el fotógrafo, no casaba mucho, pero nos juntamos en aquel Metro…Desde entonces, tantos octubres. ¿Para qué huir ahora, ya acostumbrado a tus pasos, tu curva en la cama, tus sollozos porque sí, los libros encuadernados en papel periódico?
Me preguntas qué necesidad tengo de irme lejos para hacer fotos. Huyo de mí mismo, mientras sorteo aviones, aduanas, otros idiomas, otras mujeres y hasta camellos.
La tremenda pobreza que he visto en Níger me parece una tontería al lado de esta carcoma de cuarenta años. Qué tremendamente egoístas podemos ser los hombres. Y qué tibieza la tuya. Nada parece molestarte, nada parece desunirte del maldito salón y los expedientes de ese ministerio.
Y yo, mientras, agacho la cabeza en Internet y busco un nuevo viaje, cada vez más lejano.


Durante un segundo:

En la mente de Ana.-Qué bueno. Poder contar a esos ojos cada pensamiento durante largos inviernos, avergonzarnos de tanta charla, su mano unida a la mía en el parto, las miradas cómplices, arrebujado en mi estómago, casi horadándolo porque es el lugar más seguro de la Tierra. Tantos viajes y tantas risas , las discusiones, la vida en color rouge. Y si se resiste, pintarla nosotros.

En la mente de Pablo.- Acariciar esos cabellos y peinarlos y ayudarla a superar el vacío cuando los hijos se van. Aprender alpinismo con ella, ver todas las temporadas de Lost, visitar a la abuela en el Ampurdán. Comprar los primeros patucos, pelear por el mejor colegio, rezongar por el mobbing en su trabajo y arrebujarme en su estómago, el lugar más seguro de la Tierra.


Pero ninguno se volvió ante la existencia alternativa, la del fondo de las apetencias.
Se agarraron a lo primero que les dijo la cabeza,
lo primero inculcado.
Siguieron el camino mirando los anuncios de Dolce&Gabbana donde,
misteriosamente,
todos se comprende y llevan existencias felices, quizá menos ignorante que las de los habitantes del Metro.

Fotografía: Los amantes, de Magritte. Este relato se basó en el cuadro de Los amantes, que Juan Antonio Bj trajo a su portal hoy en la mañana y que completó la inspiración de una frase de Darín de la película El secreto de sus ojos (Juan José Campanella)

jueves 1 de octubre de 2009

DESTRUCCIÓN


Cuando abriste los ojos, sólo acertaste a decir, casi muda: Han pasado los lobos por aquí.
-Madre -dije yo- ya no hay lobos.

Las columnas dóricas del patio, descansaban la una sobre la otra, partidas, arrasadas por el fuego de Pompeya.
Los viejos sillones de anea no esperaban el cansancio de nadie, su pintura blanca esparcida por el mármol, haciéndolo aún más claro.

Alguien había roto las mantillas de Chantilly, aquéllas que tú lucías airosa cuando el aire no estaba pervertido por el hálito de gentes extrañas, que nunca supieron diferenciar el abanico del pay-pay. Gentes de trópicos lejanos, de andares entre paréntesis, que devoraban hasta las uñas de nuestros cadáveres.
Los mantones de Manila había sido utilizados para partir el pan y las longanizas y el cuchillo había violado por detrás las gitanillas, las caléndulas, los rosales.
La loza de cerámica de La Rambla había sido utilizada al modo ruso: una comida, un plato tirado hacia atrás, en señal de buena suerte.

Fuiste juntando sus pedacitos:
-Los trozos de un plato no puede morirse a solas... Y balbuceaste fechas antiguas mientras los pegabas, toda la madrugada.

Con navajas habían borrado la decoración de las jarras de agua, los arabescos de las jofainas, las tiaras de las bodas; con cuchillos habían roto los volantes de los trajes de flamenca, la taracea de la sala de las visitas, las fotos de los casamientos. Hasta aquella Mariquita Pérez, que descansó siempre asombrada, había perdido las pestañas, arrancadas una por una.

Colchas de vainica, una Singer antigua, mi cama de niña, hasta los borlillos de las cortinas habían sido untados de crema Pond´s, de ésa que usan las viejas, las desportilladas, las amancebadas. Alguien había golpeado hasta herir de muerte cada uno de los escalones que llevaban al granero, ochenta y uno, como tu vida. Caballos en tropel había bebido de las fuentes, que nos miraban, ahítas de tus manos, hidratadas y agradecidas por el maná.

Con furia había partido el tronco del granado, la tomatera y la diamela. Pero, mientras más qrande era la destrucción, más se elevaba al aire el olor a Eau de Rochas, tu perfume, disperso por todo el zaguán y la plegaria añeja del incienso.
Los gatos, que derrochaban celo en nuestro tejado no habían dejado huella y los vecinos fisgaban por sus mirillas, todavía con el miedo metido en el cuerpo.

En medio del patio, extrañamente, había un armario pequeño, de los que usaban las abuelas para guardar los frutos secos y los orejones.
Tú lo abriste con cuidado y diste dos pasos hacia atrás.
En el fondo, aterrado, estaba Dios.
Le dimos la mano para sacarlo y se negó.
-Aunque sea el pavor, es la primera vez que siento algo humano.

Entonces, la madre y yo nos callamos y juntos miramos aquella devastación toda la noche, para no olvidarla.

Imagen: Todos los derechos reservados para la artista Tatiana Sapateiro (staticflickriver)

RECITAL 24 DE OCTUBRE-SEVILLA


Carmen Garrido, ganadora del Premio de poesía Andalucía joven 2008, presente en la inauguración del RCA 09, en Sevilla.

Miguel Ángel Feria, Rubén Martín, José Daniel García, Raúl Quinto, Elena Medel, han sido algunos de los ganadores de este premio, todos ellos han participado a la vez en al Recital Chilango Andaluz, y curiosamente algunos de ellos han sido los encargados de dar el pistoletazo de salida de los recitales.

Este año repetimos tradición y será Carmen Garrido, ganadora de la última edición del premio de poesía Andalucía joven, quien inaugure los recitales en Sevilla. Es un placer para nosotros contar con su presencia.

Estará presente el día sábado 24, en la inauguración del Recital Chilango Andaluz. A partir de las 21 horas.
Les dejamos una biografía escrita por la propia poeta:

Carmen Garrido Ortiz. Soy una escritora española nacida en plena campiña cordobesa, tierra de regadíos, alllozos y alacauciles (Fernán Núñez, Córdoba, 1978). Me licencié como periodista en Sevilla con una tesis sobre el surrealismo en la Generación del 27 a través de sus revistas. Soy máster en Relaciones Internacionales y Comunicación por la Universidad Complutense de Madrid, finalizado con un ensayo sobre la evolución en el conflicto de Oriente Próximo (año 2005), tema que me apasiona. Como periodista, trabajé en las secciones de cultura de Diario Córdoba y ABC Córdoba, además de realizar diversas investigaciones sobre el conflicto palestino-israelí; la situación del Sáhara Occidental y otras cuestiones relacionadas con el mundo árabe.
En la actualidad soy responsable de Educación y Cultura y profesora de español para inmigrantes en la Asociación de Jóvenes Inmigrantes Marroquíes (AJI-ATIME), aquí en Madrid, donde resido. y administro el blog literario ladamadeverde.blogspot.com.
Como escritora, he ganado, en 2008, el premio de poesía Andalucía Joven del Instituto Andaluz de la Juventud con el poemario La hijastra de Job. Asimismo, también he publicado mis poemas y relatos en Poesía rosa roja verde para lectores naranjas, recopilación de poemas del colectivo de poesía Pólemos; gané en 2008 el concurso de cuentos de Ediciones Fuentetaja con La bofetada, publicado en El cuento, por favor. Otras narraciones han aparecido en Asentamientos (Fuentetaja, 2009), en Velamen (II Premio Luis Adaro; AEN-Gijón, 2008), en El relato más corto del verano (Premio Ediciones Personales, 2008) y en Revista de Feria (Córdoba, 2007, 2008 y 2009)

He colaborado con las revistas culturales como Letralia; Narrativas; Jazztelia, Almiar/Margen Cero, Ucronías, futurosperiodistas; La Sombra del Esperpento y el desaparecido Parche Digital de Asturias.
En la actualidad, redondeo mi segundo poemario, una crónica viajera y un retazo de la humanidad madrileña. Administro el blog literario www.ladamadeverde.blogspot.com.
Formo parte del colectivo de poesía madrileño Pólemos, con los que comparto talleres, habiendo recitado con ellos en diversos lugares de Madrid, entre ellos Libertad 8.

He vivido en Córdoba, Sevilla, Granada, París, Buenos Aires, Copenhague, Marrakech y Madrid.
Persigo la idea de hacer crecer mi ONG junto a mis mucho-compañeras, “hacerla visible”, inaugurando talleres de Historia, Inmersión Cultural, Literatura Española y Teatro este otoño.
Personalmente, sueño con viajar a Turquía, Mozambique, Suecia y Sudáfrica en algún proyecto de cooperación, aprender a montar en bici y escaparme a Cantabria siempre que pueda, así como volver a la pintura y a hacer senderismo por la Comunidad de Madrid.
LA PALABRA

Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
(Antonio Machado. Cantares)



Yo quisiera hablar contigo de lo viejo.
Tête-à-tête, sotto voce.
Acurrucarme en tus sentidos y desligarme de las mortajas,
sembrar la cabeza huera de tus lances y mis sagas, las luchas y las exequias por lo antiguo y lo vivido.

Yo quisiera hablar contigo de lo viejo.
Despojarme de los hábitos verdes, las gabardinas de tantos inviernos, los somníferos para soñar a otros, las viejas cuentas con los enemigos.
Algunos están serrando un olmo centenario para las chimeneas de su vida futura.
Otros compran campanitas funerarias y queman incienso con olor a rastrojo. Así rompen su alma y sus trabajos. Renacen por el perfume nuevo, reviven porque vaciaron los cántaros en sus fuentes.
Yo busco la solución en las paredes de un cuarto pequeño,
donde habitan 108 tentaciones y treinta recuerdos, uno por año.
En mi dormitorio, hay estanterías tan altas que, al mirarlas, aprehendes de ellas todo su saber.
Hay sábanas bordadas por unas manos tan distintas de las mías que nadie diría que son sangre de mi carne.
Hay cruces robadas de un cementerio, alguna margarita despechada y muchas cartas de amor a desconocidos.
En fin, todo este vacío rodea mi cabeza y la Olivetti, espíritu y cuerpo sembrado de letras.
Mi preferida, ya sabes, es la O, la omertá donde se esconde mi voz, que no alcanza a terminar las eses de las palabras.

Yo quisiera hablar contigo de lo viejo.
De aquellas horas en la cama blanda mientras yo te prometía. Tardes de sombras chinescas doradas de sol y pelo tirante sobre las orejas pequeñas, bien lobuladas.
Las noches con redecillas sobre los bucles y el futuro tan imperfecto doblado sobre tu regazo en la mecedora.
Aquellos silencios.
Tus palabras en sueños, que sabían a arropía y a cenobio, cipreses y celdas, tocas y pozuelos.
Yo las apresaba y me fundía con tus risas de durmiente feliz, de cuerpo bendecido por la fortuna durante unas horas de paz.
Aquél era tu reino y rezábamos por conservarlo, por los helechos que lo adornaban, por las cuentas de los rosarios que lo cercaban, por el ruido vivo del agua de tu aljibe.

Yo quiero hablar contigo de lo viejo.
Acercarme a ti y maullar: rozagante, mimosa, feliz.
Te obligo a que me acaricies la cabeza y me estires los párpados para hacer los ojos grandes y así verte y gustarme.
Me enredas con el cashmere de tu vocabulario denso, apetecible, tan dulce. Y yo me dejo arrastrar, aunque con la argolla me siga atando a la quimera de la realidad.

Hablemos.



www.ladamadeverde.blogspot.com
Córdoba guapa